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La década de la revolución del mp3.

Mp3. ¡Malditos tres caracteres! Han sido los culpables, si se mira desde el banco de operaciones de las multinacionales...

La década de la revolución del mp3.

 
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...del desplome de la industria musical y del cambio drástico del consumo de música, a través del ordenador, los móviles, los reproductores de bolsillo o los equipos tradicionales. También, como consecuencia de lo anterior, de la extensión de la práctica autogestionaria por parte de viejos y nuevos grupos. La revolución del mp3. Esa ha sido la nota más peculiar y visible de la década recién cerrada.

Y casi, se diría, una revolución fulminantemente rápida. A finales de los noventa, el formato de compresión de canciones dio sus primeros balbuceos, al tiempo que las grabadoras de cedés empezaron a implantarse tímidamente en los ordenadores. Dos herramientas mortíferas. La industria misma -Sony vendía tanto discos como grabadoras- colocaba una gran carga explosiva bajo sus pies. Poco después, en el 2000, aparecía el primer programa de intercambio de archivos en Internet, el famoso Napster.

Revolución cantada

Estaba cantado: si un disco podía comprimirse, regrabarse y hasta enviarse al espacio cibernético, algo tremendo tenía que ocurrir. Uno mismo, cuando, a finales del año 1999, descubría el programa ‘Music Match’, instalaba una costosa regrabadora en su ordenador y accedía a Napster, jugaba en este periódico a profeta barato y vaticinaba el fin de las tiendas de discos, o cuando menos el cambio de modelo en el consumo musical. Más todavía cuando Creative, aunque a un precio 'ridículo' de 100.000 pesetas, sacaba al mercado, en 2001, un aparatito capaz de albergar seis gigas de música. Vaticinio casi cumplido.

En 2004, la revolución, como cantaba Gil Scott-Heron, estaba prácticamente televisada y consumada. El ‘top-manta’ primero, las copias de cedés y las descargas a continuación, habían provocado el cierre de un 70% de pequeños establecimientos, reducido las áreas de venta de cedés en las grandes superficies y comprimido el mapa de las discográficas a su mínima expresión, empezando por las multinacionales, que quedaron reducidas a cuatro: EMI, Warner, Sony-BMG y Universal.

Desde entonces a hoy, la pendiente se ha ido haciendo mayor, hasta prácticamente poner al borde de la desaparición absoluta a tiendas, distribuidoras y discográficas. O cuando menos, a rebajar drásticamente las ventas: hoy, lograr un disco de platino en las multinacionales (cifra rebajada por la crisis a los 80.000 discos vendidos) es un reto mayor que apenas consiguen rebasar unos cuantos artistas (ay, Macaco lo acaba de lograr recientemente). Y las independientes, que han perdido más del 50% de mercado, se frotan las manos si venden mil copias de un ‘superventas’.

Claro, en el envés de toda derrota está el haz del triunfo. O sea, el acceso del aficionado a la música de manera total, libre, desbocada, sin barreras de espacio, tiempo ni dinero. El mundo musical al alcance de su mano, parafraseando el slogan del viejo NO-DO. Más aún, con la irrupción de las webs de enlaces, YouTube, Myspace, iTunes y últimamente Spotify.

Mas, paradójicamente, pese a toda esta tecnología y al aumento del consumo musical, la calidad creativa ha bajado notablemente. Esta ha sido la otra gran nota peculiar de la década: su escasez de inventiva, su incapacidad para dejar para la historia faros artísticos iluminadores como en décadas pasadas lo fueron Elvis (los cincuenta), Beatles, Rolling, Who… (los sesenta), Pink Floyd, Bowie, Lou Reed, Bruce Springsteen (los setenta), U2 (los ochenta), Nirvana u Oasis (los noventa). Y hasta incapacidad, salvo el auge del hip hop y la electrónica, para generar nuevos movimientos señeros.

No habría que calificarla quizá tan duramente como lo ha hecho la revista ‘Time’, que, con los atentados de las Torres Gemelas, las guerras de Afganistán e Iraq, los actos terroristas de Madrid y Londres y la gran crisis, la ha calificado de horrible, pero sí de inane, sin sello personal.

Y si no, ¿qué se recordará de ella dentro de cuarenta años como hoy por ejemplo se recuerdan a Los Beatles? ¿A The Strokes, Libertines, Vines, Interpol, White Stripes, Doves, Anthony & The Johnsons, Kills, Franz Ferdinand, Arcade Fire, Belle & Sebastian, Killers, Beyonce, Wilco, Arctic Monkeys…? Nombres relevantes de estos diez últimos años, pero, salvo quizá Coldplay, con escasa proyección histórica.

De todas formas, no cunda el negacionismo. Los diez años pasados, pese a todo, dejaron cosas para el recuerdo más que potables. Estupendos discos: ‘Parachutes’(Coldplay/2000), ‘We Love Life’ (Pulp/2001), ‘The Rising’ (Bruce Springsteen/2002), ‘Regard The End’ (Willard Grant Conspiracy/2003), ‘Sí’ (Julieta Venegas/2004), ‘Want Two’ (Rufus Wainwright/2005), ‘Lights’ (Archive/2006), ‘Are The Dark Horse’ (The Besnard Lakes/2007), ‘Gato negro, dragon rojo’ (Amaral/2008), ‘Live In London’ (Leonard Cohen/2009), por citar los elegidos en el ‘Muévete’, en el primer lugar de cada año de la década.

Y consolidación de artistas emergentes, como los citados Coldplay; la irrupción de las nuevas voces femeninas del jazz, empezando por Diana Krall y Norah Jones; el estallido de Amy Winehouse, devolviendo a la música negra a su estado más genuino; o, aquí mismo, la implantación de Amaral como el grupo español con más demanda y más premios de la década. Retornos asombrosos: el de Héroes del Silencio, en 2007. En el punto amargo del decenio, la desaparición de Wilson Pickett, Isaac Hayes, James Brown, Antonio Vega, Sergio Algora y, sobre todo, la de Michael Jackson.

La segunda década del tercer milenio ha empezado a rodar. Primero, que podamos contarla y, segundo, que nos depare más emociones musicales nuevas que revoluciones tecnológicas. Estos serían los deseos del firmante.

 


Fuente:
www.heraldo.es

Imagen:
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